por favor
Y caminé por las calles.
Y las recorrí sin detenerme.
Sin parar hasta intentar encontrar una respuesta.
O eso, o que el aire de media tarde me refrescara hasta que olvidara.
Hasta que pensara que el problema por el que caminaba había desaparecido.
Que lo había dejado atrás como el viento que me cruza la cara.
Pero a cada paso.
A cada persona que me cruzaba me daba más cuenta de que mi camino no tenía sentido.
Ni refrescarme, ni pasearme, ni aclarar mis ideas.
Esta rabieta que trataba de apagar no tenía un final.
No podía tener un final si surgía del mismo sinsentido que todo lo demás.
Si intentaba explicar algo que había sido producido por algo más grande que no podía explicar. Si esto no era más que la gota que colmaba el vaso.
Y yo solo pretendía bajar con el vaso, las escaleras de la fatalidad.
Si forzaba, a base de ignorar que existía tal, el derramamiento de toda el agua.
El final de mi camino.
El final del sinsentido.
Nada servía de nada, si todo tenía una intención.
Darme cuenta de que no podía arreglar nada.
Nada que se pudiera pasar con solo andar.
Con ver que las calles se hacían más oscuras.
Con notar que el aire era cada vez más frío.
Con pensar que debía hacer un alto en el camino.
Que debía buscar un banco.
Donde, triste, mirara mis pies.
Cansados del camino.
Cómplices de la estupidez de andar para solo solucionar.
Sabiendo ellos también que la única vía de escape era volver.
Volver al mundo sin caminos.
A aquel en el que las cosas no se entienden pero tampoco salen.
A dónde las dudas son dudas y no se dedican a pasear.
A donde las vueltas solo se daban en la cabeza.
Y donde se paseaba sin parar.
Sin viento, sin calles, sin bancos.
Sólo problemas.
Sólo noches de quietud.
Sólo diálogos incomprendidos conmigo mismo.
Hasta que encuentre una solución a todo esto.
Hasta que los silencios, los paseos, las dudas, el insomnio.
Todo lo que sea y todo lo que será.
Que se acabe.
O al menos que cobre un sentido.
Por favor.
Y las recorrí sin detenerme.
Sin parar hasta intentar encontrar una respuesta.
O eso, o que el aire de media tarde me refrescara hasta que olvidara.
Hasta que pensara que el problema por el que caminaba había desaparecido.
Que lo había dejado atrás como el viento que me cruza la cara.
Pero a cada paso.
A cada persona que me cruzaba me daba más cuenta de que mi camino no tenía sentido.
Ni refrescarme, ni pasearme, ni aclarar mis ideas.
Esta rabieta que trataba de apagar no tenía un final.
No podía tener un final si surgía del mismo sinsentido que todo lo demás.
Si intentaba explicar algo que había sido producido por algo más grande que no podía explicar. Si esto no era más que la gota que colmaba el vaso.
Y yo solo pretendía bajar con el vaso, las escaleras de la fatalidad.
Si forzaba, a base de ignorar que existía tal, el derramamiento de toda el agua.
El final de mi camino.
El final del sinsentido.
Nada servía de nada, si todo tenía una intención.
Darme cuenta de que no podía arreglar nada.
Nada que se pudiera pasar con solo andar.
Con ver que las calles se hacían más oscuras.
Con notar que el aire era cada vez más frío.
Con pensar que debía hacer un alto en el camino.
Que debía buscar un banco.
Donde, triste, mirara mis pies.
Cansados del camino.
Cómplices de la estupidez de andar para solo solucionar.
Sabiendo ellos también que la única vía de escape era volver.
Volver al mundo sin caminos.
A aquel en el que las cosas no se entienden pero tampoco salen.
A dónde las dudas son dudas y no se dedican a pasear.
A donde las vueltas solo se daban en la cabeza.
Y donde se paseaba sin parar.
Sin viento, sin calles, sin bancos.
Sólo problemas.
Sólo noches de quietud.
Sólo diálogos incomprendidos conmigo mismo.
Hasta que encuentre una solución a todo esto.
Hasta que los silencios, los paseos, las dudas, el insomnio.
Todo lo que sea y todo lo que será.
Que se acabe.
O al menos que cobre un sentido.
Por favor.