arturo D bandini
Abrí el libro. Mis ojos recorrieron las palabras. Todo era más fácil que lo que es enfrentarse a esta página en blanco. Leí tus palabras, víctima de la curiosidad de tu historia de perdedor, sintiendo que me habías embaucado. Pensé en lo impostor que me sentía también, al pensar esas palabras como mías. Al compartir tus sentimientos, tus ansias, tus deseos. Me hiciste aceptar el hecho de que era patético. Pero eso no te salvaba de serlo. Sólo éramos personajes perdidos en épocas diferentes. Busqué entre mis discos para poner música a lo que contabas, para poner la música que tus palabras merecerían si yo fuera el que las hubiera escrito. Y al oírlos evocaron más de lo que tú habías hecho. Mi cabeza flotaba más allá de tus palabras diciéndoles si no son las mías, yo construiré las mías. Pensé en perdedores, en locos que defienden sus ideas más allá de la cordura. Aquellos que algunos llamaron un día genios, pero que nacieron como tú y como yo, perdedores. Unos fueron genios otros seguirán con sus deseos más allá de lo que hicieron. Y todos viviremos incomprendidos en épocas diferentes. No te admiro, al igual tú tampoco lo haces. Somos de tiempos diferentes, recuerda. Mientras, yo vivo sus palabras también como lo hice con las tuyas. Viven la inquietud de ser alguien un día. Y algunos lo consiguieron, y otros simplemente jugaron mal. Jugaron a ser alguien que ya había sido. Se recrearon en ser los perdedores de otra época, a revivir sus fracasos, a hacer realidad los sueños que ellos tuvieron. En tiempos distintos, pero los mismos al fin y al cabo. Y de reojo miro mi vieja máquina de escribir y pienso en todas las palabras que te escribiría si estuvieras aquí, a mi lado. Porque pese a la distancia, no tendría el valor para decírtelas. Pero las letras de mi máquina se han salido de sitio, como la cabeza de los que en una época, y en ésta época decidimos, por nuestra conciencia, ser perdedores. Y oigo en la noche como me pides que sonría y yo no te hago caso. Porque ya no te oigo. Porque por más que pidas, jamás la verás. No la misma. Porque ahora mi sonrisa también juega. Disfruta sabiendo que es la sonrisa del que nunca fue. O la sonrisa del que siempre quiso ser. Jugando a ser alguien que no soy. Sabiendo que soy un perdedor. Ya nunca jugaré a ser yo y reiré repitiéndote desde la distancia que tú no sabes nada, que yo soy Bandini, el genio Bandini.
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