Blogia
impulsos nerviosos

cuatro:cuarentaydos

Perdí tanto. Y lo perdí en tan poco tiempo. Perdí una casa, mi coche, mi familia. Perdí mi felicidad, mi estabilidad. Perdí todo lo que quería. En tan poco tiempo. Perdí su sonrisa. Esos momentos en los que paseábamos por el parque apenas conocernos. Esos abrazos antes de que ella se marchara a casa de sus padres. Esos besos. Esas primeras caricias. Perdí el estudiar juntos mientras ella no quería más que juguetear alrededor mío. Perdí las tardes enredados entre sábanas, escondiendo los relojes. Escondiendo los calendarios, sin importarnos si era jueves o domingo. Pero sobre todo la perdí a ella. Bueno, y a él. Perdí en el momento en que nos enteramos en que era definitivo. Perdí tocar su barriga y ver como ella sonreía mientras tocaba mi mano y me indicaba cual era el lugar dónde se sentían mejor las patadas. Perdí sus primeros pasos. Perdí los momentos en que el agarraba mi dedo tan fuerte que yo pensaba que sería de mayor luchador de boxeo. Pero sobre todo perdí mi felicidad. Perdí el ver por primera vez las llaves de nuestra casa. Mientras ella me cogía del brazo, me lo apretaba fuerte y me besaba suavemente en el hombro. La vez que cruzamos el umbral con él en el carrito. Perdí los planes que hicimos para decorarlo, aunque sabíamos que el dinero no nos llegaba. Esas noches en los que en nuestra habitación sólo había un triste colchón y los lloros de un niño. Perdí la certeza que ella era feliz con todo ello. Perdí saber que yo era feliz con ella. Y lo perdí todo en tan poco tiempo. Cuando todo era bonito y me levantaba por las mañanas, la besaba y poco después me iba a su cuarto, para ver que dormía. Intentando no despertarlo pero observándolo hasta que sabía que llegaría tarde. Que llegaría tarde pero que nadie podría quitarme la felicidad de ese momento. Perdí las reuniones de amigos, en las que dejábamos a los niños corretear y nosotros hablábamos durante horas de lo difícil que era llevar todo adelante, en lo que todo cambiaba. Y nosotros lo sabíamos, pero también sabíamos que era lo que queríamos. Todo lo que queríamos y, en definitiva, todo lo que he perdido. Sé que a mis padres les dio rabia. No les gustó la vida a la que jugábamos. Pensaron que no estábamos preparado para eso. Pero aún así nos tenían tanta envidia por ser lo que ellos no habían sido. Porque nosotros íbamos a ser lo que ellos no fueron. Íbamos. Porque todo se fue. Se perdió el día en el que tu te acercaste a mí y me pediste fuego y yo, ilusionado solo pensé en buscar en mis bolsillos para encontrarlo. Lo intenté, pero tu te giraste impaciente y te fuiste a por el chico que estaba esperando junto a la máquina de refrescos. Traté de decirte que me llamaba Javier, que vivía por esta zona, pero que nunca te había visto. Pensé en preguntarte cómo te llamabas, que si querías que fuéramos a pasear por el parque, que si querías abrazarme antes de entrar en casa de tus padres, algún beso quizás. Pero tú no me oíste, tampoco es que me esforzará en repetírtelo. Sabía que tu ya te habías marchado a por el chico de la máquina de refrescos. Y quizás te gustarían los paseos, los abrazos antes de entrar en casa de tus padres y los besos. Pero los suyos, no los míos. Si supiera que él iba a ofrecerte lo mismo que yo, te habría dicho todo lo demás que pensaba. Pero era demasiado tarde. Fue poco tiempo, pero el suficiente para perderte. Pero para mí seguirás ahí diciéndome que no te importarían mis caricias, ni corretear alrededor mío mientras estudiamos. Siempre estarás ahí diciéndome que soy todo lo que necesitas. Y yo siempre me oiré diciéndote que eras todo lo que necesitaba.

0 comentarios